Hay una situación que comenzó a repetirse con tanta frecuencia en el consultorio que ya no puedo considerarla una coincidencia. Más de un paciente, después de algunos meses de tratamiento, me dijo exactamente la misma frase, aunque con palabras diferentes: «Estoy mucho mejor… pero mis relaciones están mucho peor.»
La primera vez me sorprendió. ¿Cómo podía ser? Si la atención había mejorado, si lograba organizarse, si podía sostener una conversación, terminar tareas, manejar mejor sus emociones y sentirse menos desbordado, ¿por qué justo en ese momento empezaban los conflictos con la pareja, con los padres, con los hermanos o con los compañeros de trabajo?
Con el tiempo entendí que la pregunta estaba mal formulada. Los vínculos no empeoraban. Lo que ocurría era que, por primera vez en muchos años, la persona comenzaba a ver con claridad algo que antes permanecía oculto detrás del ruido permanente que produce vivir con un cerebro agotado.
Recuerdo especialmente a un paciente que llegó a la consulta convencido de que el problema era él. Durante años había cedido en todo. Su esposa decidía gran parte de la dinámica de la pareja y él aceptaba casi sin cuestionar. En la empresa familiar, todos habían tomado decisiones económicas muy costosas mientras él intentaba sostener el equilibrio y cuidar el patrimonio de todos. Su madre evitaba intervenir; prefería mantenerse al margen y dejar que «ellos se arreglaran». Cuando comenzó a sentirse mejor gracias al tratamiento, descubrió algo que nunca había podido ver con tanta claridad: siempre era él quien resignaba algo para que los demás estuvieran bien.
Lo que más lo angustiaba no era el enojo. Era la soledad. Sentía que, por primera vez, estaba intentando ocupar un lugar diferente y que nadie parecía dispuesto a acompañarlo.
Esa sensación me hizo pensar en muchos otros pacientes. Historias distintas, edades distintas, profesiones distintas… pero un mismo patrón. Personas inteligentes, responsables, profundamente comprometidas con quienes las rodean, que parecían haber construido su identidad alrededor de una idea silenciosa: primero los demás, después yo.
Empecé entonces a preguntarme de dónde nace esa manera de vincularse. No creo que se trate simplemente de personas complacientes ni de una dificultad para poner límites. Sospecho que la historia comienza mucho antes.
Muchos adultos con TDAH crecieron sintiéndose «el problema». Fueron los que olvidaban las cosas, llegaban tarde, perdían útiles, interrumpían, dejaban tareas sin terminar o parecían vivir siempre un paso detrás de los demás. Escucharon una y otra vez frases que, con el tiempo, terminaron formando parte de su propia identidad: «¿Cómo puede ser que otra vez te olvidaste?», «Si sos tan inteligente, ¿por qué no lo hacés?», «Siempre hay que estar detrás tuyo.» Esos mensajes no desaparecen cuando termina la infancia. Se convierten en una manera de mirarse a sí mismos.
Y cuando una persona pasa tantos años creyendo que ocupa demasiado espacio con sus dificultades, ocurre algo muy particular. Empieza a sentir que las necesidades de los demás son más importantes que las propias. No porque sea más generosa que el resto, sino porque las necesidades ajenas parecen claras, legítimas y fáciles de justificar, mientras que las propias quedan siempre acompañadas de una sensación de culpa.
Hay otro aspecto que me llama profundamente la atención. Resolver los problemas de los demás suele resultar mucho más sencillo que enfrentar los propios. Los problemas ajenos tienen límites definidos. Alguien necesita ayuda y uno puede intervenir, encontrar una solución, sentirse útil. Los propios, en cambio, están llenos de ambigüedad, emociones, frustraciones acumuladas y decisiones que se vienen postergando desde hace años. Ayudar al otro produce una sensación inmediata de competencia. Durante un rato dejamos de ser quienes necesitan ayuda para convertirnos en quienes la ofrecen. Tal vez por eso tantos adultos con TDAH terminan ocupando el lugar del que organiza, del que resuelve, del que sostiene, del que siempre está disponible.
Pero esa forma de vivir tiene un costo enorme.
Con el tiempo dejamos de preguntarnos qué necesitamos nosotros. Aprendemos a identificar con rapidez el problema del otro, pero perdemos contacto con nuestros propios deseos. Sabemos perfectamente cómo acompañar, contener o resolver conflictos ajenos, mientras nuestras propias necesidades quedan sistemáticamente postergadas.
Creo que aquí aparece una idea que merece ser pensada con más profundidad. Muchas personas con TDAH no evitan el conflicto; simplemente cambian su dirección. Evitan el conflicto con los demás, aunque eso implique vivir en conflicto consigo mismas. Les resulta menos costoso decir que sí cuando quieren decir que no, aceptar condiciones que consideran injustas, no reclamar un dinero prestado o resignar un proyecto personal antes que atravesar una conversación incómoda. El conflicto desaparece hacia afuera, pero permanece abierto hacia adentro.
Durante años esa estrategia parece funcionar. Mantiene la paz, evita discusiones y sostiene vínculos. Sin embargo, cuando el tratamiento comienza a hacer efecto y el ruido mental disminuye, aparece una pregunta que antes no encontraba espacio.
¿Y yo cuándo?
Es una pregunta sencilla, pero profundamente transformadora. No nace del egoísmo. Nace del descubrimiento de que uno también tiene necesidades, deseos y límites legítimos. Y es precisamente en ese momento cuando muchas relaciones empiezan a tensionarse. No porque la medicación haya cambiado a la persona, sino porque dejó de sostener un equilibrio que dependía de que siempre fuera ella quien cediera.
Quizá el verdadero desafío terapéutico no consista solamente en enseñar habilidades de comunicación o técnicas para poner límites. Tal vez el trabajo más profundo sea ayudar a reconstruir el derecho a ocupar un lugar en la propia vida.
Aprender que priorizarse no significa abandonar a los demás. Que decir «no» no equivale a dejar de amar. Y que un vínculo sano no necesita que uno de los dos desaparezca para que el otro pueda existir.
A veces pienso que muchos adultos con TDAH no tienen dificultades para querer a los demás. Las tienen para concederse a sí mismos el mismo cuidado, la misma paciencia y la misma legitimidad con la que acompañan a quienes aman.
Y quizás ahí empiece una forma completamente diferente de entender la recuperación. No como el momento en que desaparecen los síntomas, sino como el momento en que una persona deja de vivir exclusivamente para sostener la vida de los demás y comienza, por fin, a construir la propia.
14/7/2026
Norma Echavarria
Medica Psiquiatra y adulto con TDAH